Miradas de Pasión

Miradas

Con el deseo ilusionado de conseguir lo que se anhela, de ver hecho realidad lo que nuestra mente y nuestro corazón ansían.

Con el instinto que nos lleva a seguir aguardando la llegada del final deseado.

Con la intuición de la luz al fondo de la oscuridad del túnel, llegamos al final de este recorrido procesional. Y lo hacemos con Ella, la Virgen de los Dolores, Nuestra Señora de la Soledad, nuestra querida DOLOROSA.

 Miradas de Pasión. El Cristo Alzado  

Carlos Ayerra Sola

El primer plano del paso del Cristo alzado lo llena la cruz. El centro del paso lo ocupa la cruz. Lo enmarca, la cruz. Una cruz sobria, sencilla... elegante. Una cruz que, surgiendo de la tierra, alcanza un cielo que le corona de luz. Una cruz como signo y estandarte. Una cruz que los hombros de los portadores llevan gozosos y que tantos siguen triunfantes. Una cruz...

La cruz es el signo del cristiano y su mejor ideal de perfección. La cruz es centro y es altar, es síntesis y resumen y compendio, es ideal y es modelo, es motivo de seguimiento y signo de contradicción. La cruz recoge el dolor del mundo y reparte piadoso consuelo. Para el fiel la cruz... es todo.

"Entonces, por fin, se lo entregó para que lo crucifcaran..." (Jn. 19,16). Así terminábamos nuestra entrega anterior. Y así comenzamos ésta, en la que contemplamos a Cristo abrazado a la cruz. Jesús, con su cabeza al frente, dirige su mirada al cielo, agarra con firmeza el brazo del madero, que se recorta sobre el fondo, y apenas sostenido por Simón de Cirene, que cumple obediente el mandato del romano. La corona de espinas y los rostros de Santa María y San Juan -hoy desaparecidos del paso- acentúan su sufrimiento mientras que varias gotas de sangre caen por su torso.

Una es la escena de La caída de Jesús que podemos contemplar en nuestra Procesión, aunque tres son las caídas de Jesús cargando la Cruz en el Vía Crucis, y son tres las estaciones en que reflexionamos sobre ellas. Retornados –ahora hace un año- de nuestra peregrinación a Tierra Santa, con motivo del 125 aniversario de la Hermandad de la Pasión de Pamplona, sea esta reflexión como si estuviésemos presenciándolas. Trasladémonos mentalmente a los tiempos de Jesucristo, a los momentos de aquella primera Semana Santa.

Queridos Hermanos y Hermanas:

Pilato, queriendo dar satisfacción a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran (Mc 15,15). 

Pilato (hombre insolente, rapaz, altanero con sus súbditos y cruel, según Filón), a pesar de confesar abiertamente tres veces que Jesús es inocente, lo somete al terrible castigo de la flagelación y después de la crucifixión. 

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