Miradas de Pasión

"Entonces, por fin, se lo entregó para que lo crucifcaran..." (Jn. 19,16). Así terminábamos nuestra entrega anterior. Y así comenzamos ésta, en la que contemplamos a Cristo abrazado a la cruz. Jesús, con su cabeza al frente, dirige su mirada al cielo, agarra con firmeza el brazo del madero, que se recorta sobre el fondo, y apenas sostenido por Simón de Cirene, que cumple obediente el mandato del romano. La corona de espinas y los rostros de Santa María y San Juan -hoy desaparecidos del paso- acentúan su sufrimiento mientras que varias gotas de sangre caen por su torso.


Jesús con la cruz a cuestas, salió hacia el Gólgota. Le acompañaban dos malhechores, uno a cada lado, que también iban a ser ejecutados. El reo solía llevar hasta el lugar de la ejecución una tablilla colgada del cuello, con su nombre y el motivo de la condena, para conocimiento público. Las energías de Jesús ya estaban muy mermadas. No había comido nada desde el día anterior, y había perdido mucha sangre; había pasado la noche sometido a interrogatorios y vejaciones interminables y en la flagelación podía haber muerto. El suelo por el que caminaba era irregular y nada tiene de extraño que caiga.

Echan mano de Simón de Cirene para ayudar a llevar la cruz a Jesús; porque temían que se les muriese en el camino y no pudiesen saciar su sed de verle morir en la cruz... Nadie quiere la cruz de Cristo. Los judíos la tienen por maldición; los gentiles por afrenta; los amigos de Cristo, acobardados por el miedo, no se atreven. Sólo este extranjero merece esta distinción... Todos los fieles han de llevar la cruz detrás de Jesús... esto es inevitable. Llevarla... Llevarla después de Jesús es glorioso, llevarla con Jesús suma felicidad. Hermano: ¿Cómo la llevas tú?

Seguía a Jesús gran muchedumbre del pueblo y de mujeres llorando y lamentando, y volviéndose a ellas le dijo: Hijas de Jerusalén, no queráis llorar sobre Mí, sino sobre vosotras y sobre vuestros hijos, porque vendrá tiempo en que se dirá: Bienaventurados los vientres que no concibieron y los pechos que no criaron... porque si en el madero verde se hace esto, ¿qué se hará en el seco?...

 

 

Muchos lo miraban con pena y desconcierto; para otros, el cortejo de aquellos condenados a muerte tenía un cierto aire festivo. Toda la población de Jerusalén, multiplicada por cinco o seis con motivo de la Pascua, se hallaba congregada en las calles por las que pasaban los condenados. A derecha e izquierda, el Señor ve esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno, por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están los que se alimentaron en la multiplicación de los panes y de los peces, los que fueron curados de sus dolencias, los que adoctrinó junto al lago y en la montaña y en los pórticos del Templo.

Nosotros seguimos a corta distancia el paso del Señor, lento. Ni una sola queja: Va cargado con nuestros pecados, nuestros abandonos, nuestras traiciones y olvidos; carga con la ingratitud de la humanidad, que no ha reconocido el sacrificio que hace Jesús para salvarnos. A pesar de ello, cada paso es un paso de amor y de perdón. Jesús pide al Padre que no nos tenga en cuenta nada de lo pasado. Vemos a Jesús y allí presentes lloramos lágrimas, por el castigo dado a un Hombre que pasó haciendo el bien, sanando, y avivando la fe de los hombres de aquella Palestina.

Pero Jesús cargado con la Cruz nos enseña cómo hay que llevar la Cruz que un día pueda tocarnos llevar. Cuántas veces personas de nuestro entorno llevan, con dignidad, con la sonrisa en sus labios la Cruz que les ha tocado. La llevan al igual que Jesús, sin queja, sonrientes y hacen que nosotros sigamos sus huellas, que son camino seguro de llegar a Jesús.

Jesús nos sigue queriendo y buscando: nos sigue buscando, como el pastor busca a la oveja perdida, con paciencia, sabiendo que dará con ella y la liberará de los peligros de los lobos que la acechan. Y ¡cómo nos gustaría curar sus heridas! La única forma de hacerlo, es volviendo al redil, es acercándonos al Sacramento del Perdón: Perdóname, Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti.

Jesús sigue cargando con la Cruz de nuestros pecados y a la vez sigue amándonos, sigue pensando en cada uno de nosotros y sigue llamándonos por nuestro nombre, para que seamos testigos de la Fe, en la que hemos nacido. Nos llama para que llevemos su Cruz por el mundo, sin miedo y si vergüenza de ser suyos, para que otros le conozcan, porque también por ellos se ha sacrificado. Seamos sus testigos y llevemos su Cruz con valentía y sin vergüenza de ser cristianos, bien alta, para que su luz alumbre a todos, incluso a los que no le quieren, a los que no creen, a los que le han abandonado, a los que le persiguen. Pues ha venido para todos, y ¡ojalá! todos se salven.

En este AÑO DE LA FE, que el Señor nos ayude a ser auténticos apóstoles y verdaderos guías para que la Cruz de Cristo llegue a todos los rincones del mundo, y todos conozcan a Dios.

Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. 
ADORAMOSTE CRISTQYTE BENDECIMOS

Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum
PORQUE POR TU SANTA CRUZ, REDIMISTE AL MUNDO 

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