Miradas de Pasión

Una es la escena de La caída de Jesús que podemos contemplar en nuestra Procesión, aunque tres son las caídas de Jesús cargando la Cruz en el Vía Crucis, y son tres las estaciones en que reflexionamos sobre ellas. Retornados –ahora hace un año- de nuestra peregrinación a Tierra Santa, con motivo del 125 aniversario de la Hermandad de la Pasión de Pamplona, sea esta reflexión como si estuviésemos presenciándolas. Trasladémonos mentalmente a los tiempos de Jesucristo, a los momentos de aquella primera Semana Santa.


En la Vía Dolorosa de Jerusalén, la Tercera Estación Penitencial del Vía Crucis rememora la primera caída de Cristo en su camino a la crucifixión. El lugar viene señalado por una pequeña capilla que pertenece a la Iglesia Católica Armenia. Se trata de una Capilla del siglo XIX renovada en 1948 por donación de soldados católicos de la armada libre polaca durante la Segunda Guerra Mundial. De frente al elegante pórtico de época turca, los arqueólogos han encontrado algunas piedras de una calle del tiempo de Jesús. En esa pequeña Capilla Armenia Católica hoy se recuerda la primera caída. El Vía Crucis atraviesa el valle que separa dos colinas, oriental y occidental, sobre las cuales está construida la ciudad de Jerusalén.
Sobre el frontal de la capilla, antes de entrar, se encuentra representado el episodio con una pequeña piedra tallada, y dentro se puede admirar la escultura de Jesús que cae bajo el peso de la Cruz, con una pintura impresionante de los ángeles detrás de la escultura, que se encuentran adorando al Señor y que sufren al ver su padecimiento. La iglesia armenio-católica fue construida sobre el lugar de la iglesia medieval de “Santa María del Espasmo” y tiene la estación del encuentro con la Virgen justo al lado de la Capilla. Jesús cae, para redimir a toda la humanidad.
La caída no es su muerte, sino su humano desplome ante la Cruz material, la Cruz que espiritualmente son nuestros pecados que Él cargó.
La primera caída de Jesús, es la respuesta a las tentaciones del demonio. Ya en el desierto había tentado al mismo Hijo de Dios, fracasando en su intento. Esta derrota demoníaca es la respuesta a su victoria en el Pecado Original, en que logró convencer a Eva y por su medio a Adán para pecar, cuando ellos tenían la más clara conciencia sobrenatural que el hombre pudiera tener.
Cristo cae, pero vuelve a levantarse. Porque la caída humana no es la caída de Dios: el Absoluto e Infinito Dios, que es Omnipotente, no puede ser vencido por el peso de un madero, ni por la carencia de Bien y ausencia de Amor que es el pecado. Cristo se levanta, y al levantarse vence las tentaciones del demonio.

LA SEGUNDA CAÍDA
El lugar de la Vía Dolorosa de Jerusalén, que corresponde a la segunda caída de Jesús, es la Séptima Estación del Vía Crucis. Subiendo la calle en cuesta desde la sexta estación, se llega a otra transversal que viene de la puerta de Damasco, y que se llama Khan ez-Zait. Esta calle sigue el trazado norte-sur del antiguo Cardo romano.
Se trataba de la calle principal tanto en las épocas romana como bizantina. Al llegar a la confluencia de estas dos calles, nos encontramos enfrente con la estación que señala el sitio donde tuvo lugar la segunda caída del Señor. Una capilla católica marca el lugar donde la tradición sostiene que Jesús cayó por segunda vez al salir fuera de la ciudad a través de esta puerta. El lugar está señalado con un pilar situado entre la Vía Dolorosa y la pintoresca calle del Mercado.
Esta capilla es propiedad de los franciscanos. Como muchas de las otras capillas se abre los viernes a la hora del Vía Crucis y en pocas ocasiones más. Sobre la puerta se lee en números romanos: “Séptima estación”.
Al entrar hay una primera estancia muy pequeña, con un altarcito, donde se puede observar una columna que está desde la época del Señor, y que formaba parte de los pórticos que flanqueaban el Cardo romano.
Esa columna la habrá visto Nuestro Señor a su paso por aquel lugar. Entrando a la derecha, se puede acceder a otra Capilla más espaciosa, cuyas paredes son de piedra, en la cual hay un altar en el centro para poder celebrar la Santa Misa, y como retablo una imagen del Señor cayendo bajo el peso de la Cruz.

En la Segunda Caída del Vía Crucis, el mundo es la segunda fuente de tentaciones. El mundo, como fuente de tentación, es un enemigo del alma. Los hombres mundanos rechazan a Dios, se niegan a pensar en su alma, en el destino que ya no se podrá cambiar. Piensan en banalidades, llenan su tiempo en búsqueda de dinero para adquirir el poder que permita satisfacer sus necesidades físicas o anímicas, sin conceder una mirada de Eternidad a lo que hacen. Venden el destino perdurable de su alma por sabroso plato de lentejas en este mundo, y así se apartan de Dios, o hasta le toman por enemigo. 

Ya lo decía el mismo Jesucristo: “Nadie puede servir a dos señores; porque odiará a uno y amará al otro; o se adherirá a uno y despreciará al otro. Vosotros no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt. 6, 24). Por eso, en el Padrenuestro rezamos “perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”, tal como Jesús enseño, para no servir de ese modo a Mammón, el falso dios pagano de las riquezas materiales. “El que ama las riquezas, poniendo en ellas su corazón, llega sencillamente a odiar a Dios.

LA TERCERA CAÍDA
La tercera caída de Jesús en la Vía Dolorosa de Jerusalén, es señalada por una columna de la época romana a la entrada del Monasterio copto ortodoxo. Entre las puertas del monasterio etíope y del patriarcado copto, una cruz diseñada sobre un fragmento de columna recuerda la tercera y última caída de Jesús.
Al lugar se arriba por una escalera de piedra que sube hasta el convento etíope, que ocupa las ruinas de un Claustro del siglo XII. Una vez arriba se debe bordear el muro de ese convento hasta el final del callejón a la derecha. Una columna situada en el rincón izquierdo, entre la entrada del convento copto, llamado de “San Miguel” -que se encuentra de frente- y la puerta del patio de los etíopes, señala el lugar de la estación IX. La columna es de la época romana, y aquí considera la tradición que, poco antes de llegar a la gran roca del Calvario, el Señor caería por tercera vez. El sitio está marcado por el disco que se encuentra encima de la cruz apoyada en la pared.
La tercera caída de Cristo nos rememora las tentaciones que provienen de la carne. “Amados míos, os ruego que os abstengáis, cual forasteros y peregrinos, de las concupiscencias carnales que hacen guerra contra el alma. Tened en medio de los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que, mientras os calumnian como mal hechores, al ver (ahora) vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios en el día de la visita” (I Pe. 2, 11-12).
Por las tentaciones carnales, que son de diversa clase, el hombre acaba rebajándose de su dignidad como imagen y semejanza de Dios, a convertirse en un mero objeto, una cosa más del mundo, e incluso una plaga peligrosa que contamina el medio ambiente y que como tal debe ser controlada, para que tal plaga (que es la humanidad) no se propague. La sociedad convertida en un nido de insectos, donde el valor de la vida humana es idéntico al de una abeja obrera en un panal, y en que el ser humano por su propia voluntad acepta ser tratado como tal, y con la misma dignidad de una abeja.
La tercera caída de Cristo en el calvario, es la carga de estas tentaciones carnales, siendo la misma Cruz el remedio para superarlas, la vía para no caer en ellas y alcanzar así la vida en Gracia de Dios. Jesús cae por tercera vez en el Vía Crucis por todas las infidelidades de la humanidad. Y llegará hasta la muerte, y muerte en la Cruz, para redimir a todos los hombres, y para salvar a muchos. Y quienes no lo acepten, quienes lo rechacen, pues son los que no serán salvados.

NUESTRA ESPERANZA
Cristo es la Esperanza, sus caídas fueron también la superación del peso de la Cruz para seguir portándola hasta ser crucificado sobre el mismo madero que transportaba. Cristo predicaba transportando la Cruz, y predicaba incluso en la Cruz hasta que exhaló el último aliento. Y predicaba también después de su Resurrección. Y su Resurrección es nuestra Esperanza.
El Viernes Santo es necesario para llegar al Domingo de Resurrección. Las caídas de Cristo muestran que Cristo se levantó tantas veces como cayó, y la muerte de Cristo la vivimos en la seguridad de que Resucitó, porque así ha sido invariablemente transmitido desde esos tiempos al presente por los mismos testigos, y por los testigos de los testigos. Nuestro presente está unido a Cristo en su Pasión y Resurrección, en la vida de la Iglesia Militante, que vive con la alegría de los santos y de los mártires el mensaje de la Fe.


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