Miradas de Pasión

Queridos Hermanos y Hermanas:

Pilato, queriendo dar satisfacción a la gente, les soltó a Barrabás y a Jesús lo entregó para que lo azotaran y lo crucificaran (Mc 15,15). 

Pilato (hombre insolente, rapaz, altanero con sus súbditos y cruel, según Filón), a pesar de confesar abiertamente tres veces que Jesús es inocente, lo somete al terrible castigo de la flagelación y después de la crucifixión. 


1. La flagelación era una de las crueldades que la mente humana concibió para dañar a sus semejantes. Los romanos la perfeccionaron para hacerla lo más dolorosa y sangrienta posible. La utilizaban como medio de castigo para con los esclavos, criminales y traidores, ya independientemente, ya previa a la crucifixión. Se procuró limitar o evitar su empleo con las mujeres. Debido a lo brutal de la tortura se prohibió aplicar a los ciudadanos romanos.

2. Para San Lucas, fue realizada previamente a la sentencia de la cruz: Le daré un escarmiento y le soltaré (Lc 23,16). San Juan no dice explícitamente que Jesús fue flagelado. San Mateo (27,26) y San Marcos (15,15) la sitúan dentro de la sentencia de la cruz: Y a Jesús, después de mandarlo a azotar, lo entregó para que lo crucificaran.

Jesús fue llevado, sin resistencia alguna de su parte, al patio abierto para ser sometido al triple castigo de la flagelación: 1) El dolor físico extremo, 2) La vergüenza de la desnudez pública, y 3) La ignominia de ser degradado a la condición de esclavo o criminal.
Se decía que el hombre entregado para castigarlo era un rey al que debían flagelar hasta dejarlo en condiciones tan lamentables, que el sólo verlo, inspirase lástima. ¡Cuánto miedo sintió Jesús en este momento! Estoy echado entre leones que devoran hombres; sus dientes son lanzas y flechas; su lengua es puñal afilado (Sal 57,5). El dolor es insoportable, los latigazos abren surcos sobre su cuerpo que es desgarrado en pedazos: En mis espaldas metieron el arado y alargaron los surcos (Sal 129,3). Tus flechas se me han clavado, tu mano pesa sobre mí; no hay parte ilesa en mi carne, a causa de tu furor mis llagas están podridas y supuran (Sal 38,3).Voy encorvado y encogido, todo el día camino sombrío, tengo las espaldas ardiendo, no hay parte ilesa en mi carne (Salmo 38,7).

Hermano: Es conveniente detenerse y meditar en la extrema crueldad de la carnicería que era la flagelación. Se habla poco de ella. Se pasa este episodio como un evento más:Y fue flagelado…Por eso, acércate ahora a Jesús reducido a tan lastimoso estado, y pregúntate a ti mismo:
a) ¿Quién es el que así padece? ¿Un hombre cualquiera? Aun cuando fuera un malhechor, deberíamos tener piedad. Pero no; es el Verbo Eterno, la sabiduría del Padre, el Creador, el Dios hecho hombre para ser Salvador del hombre; tu bienhechor, y amigo. Jesús ¿eres Tú el que yo veo ahora desecho por los azotes?...
b) ¿Y qué es lo que padece? Hecha una mirada, y ve si puede haber dolores más atroces. Jesús, pureza y santidad por esencia, sometido a la vergonzosa pena de verse despojado de sus vestidos delante de aquella plebe soez. Su cuerpo inmaculado: magullado, desgarrado, desollado, desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. No tiene figura de hombre, es una sola llaga. Jesús ¿cómo podré creer que eres Tú el más hermoso entre los hijos de los hombres? Y ¿quién podrá decir cuánto más sufrirá en el corazón y en el espíritu entre los oprobios de tan despiadados tormentos?
c) ¿Por quién padece? No padece por sí, ni por interés propio, ni por las culpas que no ha cometido ni puede cometer, sino por las culpas de la humanidad entera, por las de cada uno en particular. El Justo padece por el pecador, el Inocente por el reo.
d) ¿Cómo padece? Con una mansedumbre y paciencia que no conoce límites. Fácilmente podría vengarse, y no se venga. Al contrario, sufre y calla, sin dar la más mínima señal de impaciencia y de resentimiento; dejando adivinar la acerbidad de sus dolores por la sangre y por las llagas de qué está cubierto su cuerpo, y por las lágrimas que corren de sus ojos… Pero, sobre todo, sufre con infinita caridad.
El amor que nos profesa le tiene atado a la columna y le hace soportar tan crueles tormentos. Mira cómo sufre. Reflexiona, Hermano, examina tu conducta. Jesús es el modelo divino a quien debemos imitar. ¡Qué diferentes somos a Él!...
 

Colaboradores:
Librería Salesiana

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