Miradas de Pasión

 Miradas de Pasión. El Cristo Alzado  

Carlos Ayerra Sola

El primer plano del paso del Cristo alzado lo llena la cruz. El centro del paso lo ocupa la cruz. Lo enmarca, la cruz. Una cruz sobria, sencilla... elegante. Una cruz que, surgiendo de la tierra, alcanza un cielo que le corona de luz. Una cruz como signo y estandarte. Una cruz que los hombros de los portadores llevan gozosos y que tantos siguen triunfantes. Una cruz...

La cruz es el signo del cristiano y su mejor ideal de perfección. La cruz es centro y es altar, es síntesis y resumen y compendio, es ideal y es modelo, es motivo de seguimiento y signo de contradicción. La cruz recoge el dolor del mundo y reparte piadoso consuelo. Para el fiel la cruz... es todo.


Frente al paso que contemplamos, que tan admirable mente encuadra la cruz, pregunto: ¿Qué sentido tiene la cruz? ¿Qué sentido tiene que un grupo de gentes, en actitud procesional, sigan los pasos de la cruz? ¿Qué significado tiene el cortejo de la cruz? Indudablemente quien centra el paso e imprime sentido al mismo, es la cruz.
La cruz es el distintivo propio del Crucificado y el signo más elocuente del martirio. Es el patíbulo del Mártir del Calvario

De todos modos, y mientras piadosamente contemplamos y admiramos el paso, no podemos por menos de interrogarnos una vez más: ¿Qué sentido tiene la cruz?
¿Qué explicación se puede dar al dolor, especialmente al de los inocentes? ¿Por qué el sufrimiento del Hijo de Dios? ¿Ayudará, acaso, a completar lo que falta a la pasión de Cristo? ¿No habrá sido el suyo un sufrir piadoso, expiatorio, por sus hermanos? No podemos por menos de admirar la calidez de su amor es interesado, eucarístico.
No podemos por menos de contemplar el carácter de su sufrimiento que, mejor que ninguno otro, nos habla de la interrelación y de la fraternidad universales.

La cruz... “Quien quiera seguirme tome su cruz cada día y me siga”, dice el Señor, mientras se encamina a Jerusalén, donde le espera precisamente la cruz. Y san Pablo:
“¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Cristo y Cristo crucificado!” El centro del paso lo ocupa la cruz.
Y tira de la mirada del espectador hacia lo más alto del mismo. La cruz es el reclamo más poderoso del Más Allá.
La cruz es estandarte, es bandera que indica el camino. El camino de la cruz es camino de vida, camino de esperanza, camino de santificación. 

Sabemos, y sabemos muy bien, que la cruz de Jesús no puede separarse de la resurrección, de la esperanza, del gozo de la vida eterna. Portando la cruz gloriosa, triunfadora, los portadores del Cristo alzado, aun cubiertos sus rostros, tienen cara de resurrección. ¡Oh, cruz gloriosa! La cabeza en el cielo y en la tierra los pies... Nuestro Señor Jesús, que sube con la cruz hacia el Calvario, es paradigma y clave de interpretación de la existencia de todo hombre.
La cruz, signo del cristiano e ideal de perfección. La cruz, centro y altar, ejemplar y modelo. La cruz, motivo de seguimiento y signo de contradicción, La cruz es síntesis y compendio del seguimiento más perfecto del Mártir del Calvario.

Ante el paso del Cristo alzado proclamemos también nosotros: “¡Dios me libre de gloriarme sino es en la cruz de Cristo, y Cristo crucificado, por quien el mundo está 
crucificado para mí y yo para el mundo!”

Y terminemos esta reflexión de la serie Miradas de Pasión, como lo hacemos al acabar los Vía-crucis en la Catedral ante el Paso del Cristo alzado, rezando el 


No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera

 

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